TRILOGIA DOMESTICA

SOLTERA

Mariana me pregunta que hace de comer. Me gustaría decirle que nada, que quiero estar en un departamento de soltera con una sola lata de atún en la despensa y pan viejo en la heladera. Pero ella me mira y espera mientras yo saco cálculos de sobras del día anterior, cantidad de huevos y  carnes frizadas. No quiero que me haga nada. En realidad, solo deseo un departamento con libros desparramados en el piso y música de fondo.  Sin embargo, le digo que falta leche y que me podría preparar unas milanesas para esta noche. Mariana me dice que también falta el pan rallado. Nunca tengo los ingredientes completos. Los años pasan y yo  no logro organizar mi  hogar, ni cocinar ricas tortas ni recordar recetas. Mariana me dice que además se le acabó el Cif cremoso y el limpiavidrios y yo me imagino en pijamas, en mi departamento de soltera,  pasando un trapo solamente cuando se me da la gana.  Mientras tanto, le agrego a su lista de compras  suficientes rollos de papel higiénico, que alcancen al menos para una semana y para cinco personas. Entonces vuelvo a mi departamento de soltera. Lo quiero con  la heladera vacía y yerba para el mate. También preferiría un gran ventanal, un guardarropa gigante y mucha luz natural. Pero le doy la plata a Mariana y le digo que me traiga el vuelto y que además prepare ensalada para las milanesas. Que las haga al horno y que también compre algo de fruta y que no importa si tarda, si no vuelve, si me deja sola, porque tal vez me voy yo. No sé a dónde. Tal vez a un departamento de soltera.

MARIANA

Cuando Mariana llegó a mi casa yo estaba desahuciada, con los pisos sucios y las camas sin hacer. No era fácil conseguir una mucama y mucho menos una que me dure más de un mes. Así que cuando llamé  a la agencia no tuve demasiadas ilusiones. Pero ella llegó con su simpatía a flor de piel y su belleza  original: el pelo negro y enrulado, la piel oscura y una necesidad de utilizar muchas palabras para decir una sola cosa. Lo primero que dijo fueron las palabras mágicas que le abrieron mi corazón, las puertas de mi casa y los ventanales, que estaban necesitando una buena pasada de limpiavidrios. Dijo: “A mí me encanta limpiar” y esa afirmación fue la llave de mi confianza.
Mariana no es como Sebastiana, la mucama de mi hermana, que le gusta tirar frases célebres  tales como “Si querés comer rico tenés que esperar”, pensamiento que a mi  hermana le resultó tan revelador  que no solo lo publicó en Facebook sino que también lo traspoló a todos los ámbitos de su vida,  incluso dejo de imaginar al primer tipo que conoce como su futuro esposo. Pero Mariana nos es así, su fuerte no es la reflexión sino más bien la emoción. Suele hablar a borbotones y emite unas exclamaciones exageradas cuando algo le gusta. Ya hace más de dos años que trabaja en mi casa y no entiendo cómo conserva el entusiasmo. Aunque a veces llora y no puede respirar. Ella no sabe por qué. Entonces charlamos un rato,  le doy Gatorade o café dulce o la acompaño a la guardia y se le pasa por unos días. Luego,  vuelve a poner mucho esmero con la casa y aunque este cansada insiste  para que todo esté brilloso.

CONSERVA

Mirando el noticiero del mediodía me di cuenta que por casi 20 años  hice todo mal. Fue cuando la notera estaba enseñando, de manera casi académica, la forma correcta de guardar los alimentos en la heladera. Mientras la cámara se desplazaba entre los estantes del refrigerador mostrando quesos y demás  lácteos acomodados en el estante superior, la leche ubicada  en otro más abajo y la fruta y la verdura perfectamente lavada y escurrida, ella señalaba con énfasis la distancia mínima que debería existir entre los alimentos para que la comida se conserve en perfecto estado.
En ese  instante yo creí que podría tener un colapso nervioso. Comencé a imaginar las miles de bacterias acumuladas en nuestros cuerpos debido a mi falta de instrucción culinaria,  a evaluar las probabilidades de padecer cáncer por conservar la comida en envases plásticos (y no en vidrio o en loza) y a hacer un recuento de los nutrientes perdidos por no guardar la fruta cortada en bolsitas o film. Entonces  convoqué  de urgencia  a Mariana,  para decirle que borrón y cuenta nueva,  que nuestro proceder en cuanto a la conserva de alimentos cambiaría de ahora en más y le dí órdenes precisas en cuanto a la ubicación de  la leche y los quesos, qué hacer con los fideos que sobran y en qué lugar exacto acomodar la carne. Mariana me miró fijo y creo que notó mi crisis de angustia. Sin embargo, dijo que ella ya lo sabía, que se lo habían enseñado en otras casas pero como yo nunca le había dicho nada así estaba la cosa. Imaginé a todas las viviendas del barrio con la heladera pulcramente ordenada y comencé a justificarme. Mi mamá me había enseñado que “aquello solo lo tenés que hacer con el hombre de tu vida y que  las chicas buenas no son fáciles” pero que la leche no debe guardarse en la puerta de la heladera, de eso no me había dicho nada.








Comentarios

  1. Blog excelente
    Lás minuciosas descripciones
    Recreaciones verídicas que reflejan la realidad

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