LAS PEQUEÑAS COSAS
Apenas una
lata pequeña y barata con bordes filosos capaces de cortarte los dedos.
Potencialmente peligrosa en la
manipulación descuidada. Ni siquiera tiene nombre, a menos que lo llamemos soporte, como una
manera elegante y tecnológica de llamar a ese artefacto (si la palabra no le
queda demasiado grande.) Hablo del pirincho, el compañero perfecto del espiral, accesorio que lo
mantiene erguido y en actividad. Necesario a la hora de sentarse a comer a la
mesa del jardín sin ser molestado por los mosquitos. El cosito del espiral, un
pedazo de lata escurridizo que se pierde por la casa cuando más se necesita.
Invaluable. ¿Alguien podría ponerle un precio? Yo compraría varios si alguien
hubiera tenido la genial idea de venderlos como repuestos, una bolsa con 10
unidades por ejemplo. Debería haber en
todos los kioscos de todos los barrios una bolsita con 10 repuestos de sostenes
de espiral que puedas comprar en
cualquier momento. Cuando digo cualquier momento me refiero a esos minutos de
desesperación en el que te pican los mosquitos y te das cuenta que la caja de
espiral está repleta de adminículos verdes
psicodélicos y ni un solo porta espiral.
Tan grave como tener el espiral y no tener los fósforos. Cómo querer
amar y no tener a quién. Quien tuvo la pésima idea de vender 10 espirales con
un solo pirincho no pensó en la posibilidad de la pérdida, de las grandes
chances que en un hogar ese pedacito de lata quede a la deriva entre otros
utensilios. El espiral sin su sostén es inútil, inservible, un ridículo caracol
aplastado sin nada que hacer, sin función en el mundo, un ocupa espacios sin
sentido. Y ese pedacito de lata mal
terminada y bordes temerosos se torna
tan imprescindible a la hora de que las cosas funcionen como debieran,
tan acertada para acotar las chances de un incendio por ejemplo, que da bronca no saber siquiera su nombre.
Son esas pequeñas cosas fáciles de
olvidar en cualquier rincón de la casa. El botón que le falta a la camisa, el
hilo sin la aguja, la birome cuando hay que tomar nota urgente, el seguro de un
arito barato que queda espléndido con ese vestido. Pequeñas cosas, sin
valor, mal apreciadas. Invisibles pero tan necesarias que molesta no
poder vivir sin ellas. Pequeñas cosas que cambian todo, que pueden convertir
una cena incómoda, repleta de zumbidos en las orejas, de manos alertas para el
ataque, de comida atragantada y picazón en el cuerpo, en una cena apacible de
verano. Esas cenas de noche oscura que invitan a presenciar la perfecta simbiosis del jardín húmedo y verde con el sonido
de las chicharras. Y disfrutar respirando el humo
suave del espiral, y ver esa pequeña lucecita encendida, y sentir el aroma a
noche tibia que emborracha.
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