HAMBRE DE AMOR
Había comido todo el
día, sin interrupciones. Eso acentuó las
náuseas que le provocó el aroma dulce del desodorante.
El hambre voraz
comenzó en la mañana. Despertó con la boca seca, el estómago vacío y la
necesidad de tomar litros de café con
medialunas. A varias les agregó mermelada sobre el almíbar y continuó con las
tostadas con queso crema. Si hubiera tenido tiempo se habría hecho unos huevos
revueltos pero tuvo que salir.
La saciedad le duró
poco. Dos horas más tarde, mientras hacía la cola en el banco, comenzó a
manotear en la cartera. En algún lado debían estar los caramelos de miel. Poner
uno en su boca le provocó una mínima felicidad.
La mañana comenzaba a tornarse calurosa y lenta para tanto abrigo.
Aprovechó para finalizar el paquete entero.
El restaurante de la
esquina fue su siguiente escala. No
pasaría por alto el almuerzo. Milanesa con papas fritas y de postre helado de
chocolate. Más tarde, en la oficina, varias tazas de café, otras cuantas
medialunas y como cena una buena pizza con mucha muzzarela. Su cabeza era
harina, dulce, azúcar y harina a otra vez. Agradecía en cada bocado el placer
de no compartir.
El olor dulce y
empalagoso llegó unos minutos después que él llegara. Ella ya estaba en la cama con el estómago a
punto de estallar. El acababa de cerrar la ducha. Fue un sonido sordo y claro
de partículas esparciéndose en el aire. El aroma salió desde el baño hecho
vapor y se quedó dulce y pesado en sus narinas. No vomitó pero el asco le subió
desde el estómago hasta la garganta.
Abrió el sobre, leyó
el resultado. Le quedaba un mes para organizar todo y partir para siempre.
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