Sin fecha en el calendario
Sin fecha en el calendario
Cuando Anita
me aseguró que su padre pasaba frío dentro de la tumba que lo albergaba,
sencillamente me pareció una ridiculez. “Los muertos no sienten” –es lo
primero que pensé, y a continuación sospeché que la inesperada pérdida de su
ser querido había trastornado a mi amiga de tal manera que ya había perdido la
razón. Esta chiflada –fue mi conclusión. Y seguí con mis ocupaciones.
En aquel momento,
la térmica de los difuntos no me preocupaba en lo más mínimo. Para ese entonces
yo estaba ocupada y agotada recorriendo hospitales, comprando medicación,
cumpliendo con trámites burocráticos de la obra social y llenando
inacabables formularios (que si no
tenían la firma y sello correspondientes se convertían en simples papelitos sin
valor). Mis días pasaban vertiginosos entre llamados por turnos de atención médica e interconsultas,
largas horas de espera en la puerta del quirófano, búsqueda de cuidadoras,
selección de geriátricos, envío de mails
y un exhaustivo control de la economía ajena. Todas mis energías estaban
encausadas en resolver cada dificultad que la enfermedad arrastraba, como un
oleaje que va dejando basura desperdigada en la costa. Yo me dedicaba,
inútilmente, a sacar del medio esa podredumbre que se iba acumulando. Cada
tarea era para mí un arma con la que luchaba, en forma desigual y previamente
perdida, contra un futuro inexistente. Porque, aunque no supiéramos cuándo sucedería, sabíamos que la muerte de
mi mamá no estaba lejos.
En esa época
ella todavía conservaba cierto calor en el cuerpo, una temperatura de mortal
que aún no ha muerto. Si hacía frío o se ponía a temblar la abrigábamos para
reconfortarla y no empeorar aún más la fragilidad que la habitaba. Por lo
tanto, la helada humedad en las profundidades de la tierra me tenía sin
cuidado.
Finalmente,
mi mamá eligió morir un templado día de invierno. Como el hecho ocurrió a
primera hora de la tarde, tuvimos la suerte de verla, unos minutos antes de su
deceso, iluminada por unos resplandecientes rayos de sol, mientras la estaban
trasladando de la habitación compartida del geriátrico, donde había vivido los
últimos meses de su enfermedad, a una individual. Hasta el momento, lo que
quedaba de su dignidad estaba resguardado por un biombo de tela blanca. Unas
horas antes lo habían ubicado, a modo de separador, al lado de su cama, para no
impresionar a sus compañeras de cuarto. Por eso, el aviso de la mudanza a la
habitación exclusiva nos generó cierta satisfacción. Aunque sabíamos que era la
señal inequívoca de que se acercaba el final, nos consolaba la idea de que, al menos ahora,
ella iba a gozar de la intimidad que
anhelaba y había perdido al ingresar a la institución. En el geriátrico nos lo
habían anticipado: “cuando sea el momento les daremos un lugar privado para
despedirse” –nos dijo la jefa de enfermería, con la expresión solemne y
arraigada de quien ya ha actuado esta escena. Trataba de que nos sintiéramos
halagados por tan valioso regalo.
Me pareció
una pena no poder contarle a mi madre la obtención de ese beneficio. La
habíamos llevado a ese lugar, que ofrecía cuidados paliativos, con la promesa
de que era casi un hotel cinco estrellas, aunque enseguida ella se dio cuenta
que estaba lejos de pasar ahí unas vacaciones soñadas. Pero ascender de
categoría, en esas condiciones, era casi similar a pasar de un camarote sin
ventanas a uno con balcón y vista al mar de un crucero trasatlántico. Si
hubiese podido, mi madre habría armado su bolso con rapidez y ocupado su privilegiado
lugar antes que alguien se lo quitara. Pero no pude darle la buena noticia ni
verla festejar en silencio, algo que ella hubiera hecho con precaución, por
miedo a que los demás le ojeen su buena
fortuna. No lo hice porque esa tarde la encontré flotando en una nube de
delirio; sin saber, con precisión, cuando moriría. Desde que yo había llegado a
visitarla ella no había dejado de balbucear. Con los ojos cerrados y con una
mínima voz decía cosas inentendibles, se forzaba por respirar junto a la
mascarilla por la que le llegaba el oxígeno y a cada instante sacudía el cuerpo
en un movimiento descoordinado e involuntario.
La noche anterior había sido mi última
comunicación real con ella, aunque yo no lo supiera. Hacía rato que se la veía
pálida, débil y molesta. Además, la impaciencia por morir, y no poder hacerlo
rápidamente, la tenían de muy mal humor. La espera le resultaba demasiado larga,
y conservar el decoro la dejaba exhausta. Uno de los tantos días en que se
sentía mal, el cansancio extremo la venció y se durmió en forma repentina mientras
manteníamos una conversación. Todos la miramos acongojados, temerosos de que no
vuelva a despertar, expectantes de su reacción. Pero en cierto momento ella abrió
los ojos, recuperó fuerzas, y sobresaltada preguntó: – ¿Y? ¿Cuándo me muero?
Estaba furiosa y frustrada.
Pero, esa
última noche en que la vi, la cosa parecía en serio. Su cuerpo estaba hinchado
como un globo, no tenía hambre, y su tos junto a sus ahogos iban en aumento. No había en ella
una pizca de gracia. Todo parecía indicar que, al fin, el desenlace se
aproximaba. Débil y entregada al destino
dejó que la higienizaran, acostaran y le inyectaran la morfina. Al rato, cuando
la droga que entraba por su vena pareció darle un poco de alivio, ella se
mostró agradecida y hasta casi feliz, como cualquier persona saludable que se entrega
al sueño luego de un día agitado.
Nos pidió a
mi hermana y a mí que nos quedáramos a su lado. Pero estaba oscureciendo, no
había espacio donde acomodarse, apenas una dura silla a los pies de la cama, y
no estábamos autorizadas a pasar la noche ahí. Además, aún no nos habían otorgado la
habitación individual para acompañarla. Así que tuvimos que explicarle que
volveríamos al otro día. Si hubiéramos tenido la fecha exacta de su muerte
agendada en el calendario, seguramente hubiésemos cambiado los planes, o
exigido la habitación privada en ese mismo momento.
Fue doloroso
regresar la tarde siguiente y que ella ya no me reconociera. Verla alucinar en
un mundo en el cual yo ya no podía entrar hizo que volviera a mí esa angustia
que, durante mi niñez (entre mis tres y
mis cinco años), se instalaba en mi pecho como una bola pesada. Sucedía a
menudo, cuando yo percibía que mi madre se trasladaba, sin previo aviso, a un
universo que yo desconocía. Podía pasar
que estuviésemos almorzando juntas -en ese departamento minúsculo en el que
vivíamos- y yo la descubría tildada, con el cuerpo quieto y la mirada atrapada
en sus pensamientos, como si estuviese navegando en su interior. No me prestaba
atención, ni siquiera me escuchaba. Callada y rumiante parecía extraviada. Construía
una barrera transparente y yo perdía todo contacto con ella. De grande
comprendí que ese era un rasgo de su personalidad obsesiva o una necesidad de
concentrarse en sus cavilaciones. Ese trance le duraba segundos o pocos minutos,
pero era suficiente para que me sintiera perdida y olvidada. Entonces, a
propósito, me ponía a hacer un ruido innecesario o le hablaba con voz alta para
llamar su atención. Hasta que ella no regresaba de ese lugar y finalmente me miraba, yo no podía respirar con
tranquilidad.
Pero esa tarde no volvió. No pude siquiera saber por su
propio relato cómo había pasado la noche. La morfina que le fueron suministrando
a lo largo de las horas ya había inundado su cuerpo y la llevaba lentamente a
las puertas del cielo.
Entonces,
nos avisaron que ya tenían lista la habitación individual e iban a trasladarla
ahí. Eso nos ilusionó con la posibilidad
de acompañarla, bajo cuatro llaves, al sagrado momento en que partiría al viaje
eterno,
Al rato
salió del cuarto compartido -en el que había dormido y mirado aburridos
programas de TV durante los últimos dos meses- recostada en su cama con rueditas
y conectada al oxígeno y al suero. Cuando abrieron la puerta, el sol que entraba por las ventanas del
pasillo se le pegó de inmediato en la cara y su figura quedó
cinematográficamente cubierta de brillo dorado. Parecía un ángel al que Dios
iluminaba. Tenía los ojos cerrados, la frente fruncida y la boca totalmente
abierta, como si quisiera llevarse el último aire que iba a respirar. Petrificada
en esa expresión de sufrimiento estaba dispuesta a traspasar la línea que
divide la vida de la muerte.
La vi perfectamente
pero no me acerqué, tampoco le sostuve la mano ni aproveché para decirle algo
al oído. Y no es que no haya hecho nada de esas cosas en el transcurso de esa
tarde, simplemente no tenía cómo saber cuáles de todos mis intentos de
despedida sería el definitivo. En aquel
momento, cuando la trasladaban de una habitación a otra, yo estaba con mi padre,
que todavía reside en el geriátrico. Su diabetes descontrolada, la manera en
que había afectado su carácter y una fractura de cadera lo llevaron directo,
unos meses antes que a mi madre, al
lugar que jamás hubiese querido ir. Mi mamá siempre había soñado con envejecer
junto él, agarraditos de la mano, tal como señalaba con ternura cada vez que
veía alguna pareja de viejitos enamorados caminando cerca de ella. “Que estén
juntos” –fue en lo primero que pensamos;
y aunque sabíamos que era cumplirle un sueño que la vida misma le había quitado,
hicimos de cuenta que podía ser así. Aprovechando esa triste cercanía, le
insistí a mi papá para que fuera a despedirse de ella. Pero él, enajenado, apenas observó la escena
desde su silla de ruedas. Tenía urgencia por ir a tomar una Coca light y reclamaba
que lo llevara a la cafetería, ubicada en el piso de abajo. Yo consideré
importante darle el gusto, pensé que mi madre podía esperarnos a que
volviéramos. Mi hermana hablaba por teléfono apartada en el pasillo y mi
hermano aún no había llegado. Entonces decidí bajar con mi padre por el
ascensor. Tercer piso, segundo piso, primer piso, planta baja. La máquina viajaba
con parsimonia, no tenía apuro. Lo hacía lento, asemejándose a los habitantes
de ese edificio que comienzan a vivir pausadamente, tratando de adaptarse con
dificultad a lo que antes era su normalidad y ahora su desafío.
Apenas pisé
tierra firme una enfermera apareció
horrorizada y me hizo desesperadas señas para que subiera de inmediato.
Cuando
llegué, mi mamá acababa de morir, sin compañía, en la habitación privada. Un
lujo ahora innecesario. Tenía la piel apenas tibia y la cara congelada en un
gesto doloroso pero paradójicamente plácido. Había terminado el ruido incesante
del tanque de oxígeno y ya tenía desconectado el suero. El silencio detuvo un
poco más el tiempo.
Su muerte
fue un primero de agosto. Yo le agradecí la fecha porque cuando me informaron
que su final sería más o menos inminente, rogué que no se produjese durante los
meses de diciembre a febrero. Años atrás había tenido la ingrata experiencia de
tener que ir a un entierro en esas fechas, y el calor había sido tan agobiante
y pegadizo que estuve a punto de desmayarme entre medio de las lápidas. Desde
aquel día juré que durante la temporada estival no volvería a pisar ese
cementerio de pocos árboles, plagado de mármoles recalentados; a menos que se
tratase de alguien muy cercano. Así que me puso de buen humor no tener que
soportar una situación meteorológica tan extrema. Por suerte ella había elegido
una fecha de muerte de clima agradable, evitando hacerlo un día gris de lluvia
o garúa, una opción que hubiese hecho todo más dramático. Festejé que después
de tantas corridas tuviésemos ese premio.
Una enfermera abrió la ventana de la habitación, donde mi
madre reposaba en paz, con la rapidez de un bombero que reacciona con velocidad.
Lo hizo en forma inmediata a su muerte. Entró en silencio y con un movimiento
rápido corrió unos centímetros la hoja de vidrio. Pensé en cerrarla, porque al
cabo de un tiempo de estar ahí la ventisca se empezaba a sentir. La brisa se
colaba sin mucha potencia pero lo suficientemente fría para que yo especulara
en ponerme un abrigo arriba de mi suéter rojo (a mi madre siempre le había
gustado como me quedaba ese color que casualmente yo llevaba puesto.
Seguramente, si no se hubiera muerto, me habría dicho por enésima vez lo linda
que me veía). Pero enseguida razoné que los muertos despiden olor, y aunque
hasta el momento mi mamá lucía presentable y limpia, por las dudas deseché la
idea de hacerlo y permití que se
filtrara ese vientito fresco y finito.
A mi madre
ya la habían vestido con un camisón de
verano muy bonito que estuvo guardado en el armario casi sin uso. Era rosado, un
tono que siempre le había sentado bien y que ahora, con la piel tan blanca y el
cabello todavía teñido de un intenso bordó, la hacía lucir mejor que
nunca. Me dió pena que no estuviese
arropada así para el sagrado momento de su defunción. Me acababa de percatar de
lo incómodo que habrá sido el pullover blanco que llevaba pegado a la piel las
horas previas a su fallecimiento. Tenía un tejido elastizado y grueso,
inapropiado -creo yo ahora- para alguien que debiera esperar confortable su
camino a la eternidad. Lamenté la falta de criterio con que eligieron el
atuendo. También observé que habían dejado sobre la mesa de luz, contigua a
su cama de difunta, un sahumerio eléctrico que despedía un vapor con aroma a
flores. Entonces entendí que la ventana abierta en pleno invierno y el
sahumerio encendido tenían la misma finalidad: tapar o disfrazar cualquier
vestigio de descomposición que trae consigo el acabose definitivo, la
desaparición física inevitable de algo que estaba en este mundo. Mientras lo
pensaba me puse un saco de lana y de inmediato se me ocurrió un chiste. La
muerte de mi progenitora me puso repentinamente graciosa, y hasta me dio risa
mi propia ocurrencia: recordando las palabras de Anita me dije a mi misma que a
pesar de llevar vestimenta veraniega, mi mamá no iba a tener frío porque ya
estaba muerta. La sábana liviana, que tapaba a mi madre hasta el cuello,
contrastaba con mi abrigo de una manera que me resultaba divertida, y a la vez
era un alivio no tener que preocuparme por ella.
La enfermera
también se había encargado de dejar el televisor encendido en un canal que
transmitía imágenes de bosques, flores y lugares con mucho verde, junto a un
fondo musical relajante y algo triste, adecuado para ese momento. Los de la
residencia sabían armar un perfecto decorado de velatorio y eso le otorgaba a
mi madre un glamour que hacía rato necesitaba. Era una ironía ese detalle tan a
destiempo. La miré para ver si se reía y
revoloteaba los ojos hacia arriba, como hacía siempre que algo cómico ocurría.
Pero estaba inmóvil y tiesa. No tenía nada para decirme, ni una nueva queja, ni
una idea disparatada, ningún lamento.
Recorrí la
habitación con la mirada y me di cuenta que también, por primera vez, el hogar había
convidado a la familia con una merienda. En una mesa que estaba en un rincón,
habían dejado una jarra con jugo, otra con té, bizcochuelo y unas tostadas; por
si teníamos hambre. Me sentí complacida por todos los gestos que el geriátrico
había preparado para nosotros. Mi madre se veía
tan tranquila y todo estaba tan calmo y perfecto que me senté en la
silla a contemplarla, también le di un beso en la piel yerta y le acaricie la
mejilla. Creo que yo la estaba pasando bien.
Bebí un poco
y comí algo de esos bocados. Les convidé a mis hermanos reiteradas veces, pero
ellos rechazaron mi amabilidad sistemáticamente. Argumentaron que tenían el
estómago cerrado. Yo tenía hambre. Los de la funeraria aún no habían llegado y
con la ventana abierta y el fresquete que entraba necesitaba algo calentito. Mi
mamá seguía dura y callada, en otra oportunidad no habría dejado de hablarme,
así que comí apaciblemente y con gusto mientras ella
seguía muerta a mi lado.
El día del entierro la cosa continuó más o menos bien. Sin
lluvia, cielo despejado, un celeste inmaculado dejaba pasar el sol; así que la
cuestión fue menos triste de lo esperado. No hizo frío ni calor. Logré recorrer
el camino hasta la parcela sin desmayarme por las altas temperaturas ni sentir
los huesos entumecidos a pesar del invierno. Mi mamá en el fondo sabía que a mí
el clima me afecta el ánimo y las sensaciones en el cuerpo de manera drástica.
Así que estuvo bien, incluso estando muerta intentó protegerme, como lo hizo
siempre. Pude despedirme de ella con algunos recuerdos y palabras
reconfortantes, pero de vuelta en mi casa, durante el anochecer, me sobrevino
un inmenso deseo de llamarla por teléfono, de intercambiar comentarios sobre lo
ocurrido y de escuchar sus opiniones.
Quería contarle la ubicación en la que se encontraba, informarle que el marido
de su amiga se había muerto también hacía unos poco días y que casualmente,
cuestiones del destino, terminó siendo su vecino. O sea, descansaba al lado de
su tumba. También quise decirle que nos perdonara por no contarle antes, cuando
estaba viva, sobre la situación terminal
del ahora fallecido, pero que no lo hicimos por temor a que decayera su ánimo y
pensara sobre su propio futuro. De todas formas, eso era imposible ahora que ella
había muerto y estaba también bajo tierra.
La ausencia
de mi mamá comenzó entonces a parecerme real. Ahora era un hueco profundo en el
corazón. Puse una vela y lloré un poco, por primera vez.
Los días
pasaron, le revisé su celular pensando que quizá descubriría algún secreto
guardado y también escuché repetidas veces sus mensajes de voz que antes me
parecían interminables y aburridos. Estaba todo en orden, sin sobresaltos. Era
un sosiego desconcertante. Mi madre se había vuelto silencio. Los días comenzaron a transcurrir entre trámites de último
momento y más silencio. Yo continuaba mirando su teléfono como si ella pudiera
resucitar y aparecer entre medio de algún ringtone.
Pero ya no había nada nuevo, solo mensajes viejos y un grupo de whatsapp activo
de antiguos amigos que continuaban diariamente enviándose mensajes inútiles
acompañados de frases cursis. Parecían querer avisar que aún seguían vivos.
–Buenos días
–escribía alguno con un imagen de un arco iris. Y a continuación se sumaban
veinte buenos días más del resto del grupo.
–Feliz
viernes –tiraba otro. Y miles de agradecimientos aparecían a continuación.
El grupo de
whatsapp funcionaba exclusivamente para esas cordialidades. Mi madre, por
supuesto, ya no participaba.
El clima se mantuvo templado y de cielo alegre hasta que
sobrevino lo que quedaba del invierno, con sus últimas semanas gélidas
acompañadas por un cielo encapotado y varios días de lluvia que no querían
irse.
Es por eso
que, de la misma manera que le sucedió a Anita, se me ocurrió que mi mamá, allá
abajo, tan cercana a la humedad, podría estar pasándola mal. De hecho recordé
su fresco camisón de algodón y lo destemplada que ya estaba su piel cuando la
acaricié aquella vez en que dormía
cómoda y para siempre en esa cama de
hospital que usaban los abuelos del hogar, primero estando vivos y luego
muertos. Pensé que en la profundidad de la tierra podría estar más helada aún,
que los días de invierno serían los peores. Deduje, tal como hizo Ana, que tal
vez el clima le estuviese afectando aún más su salud resquebrajada, que tal vez
tiritaba en las noches oscuras.
Entonces pensé en llevarle un abrigo, de esos que aún
conservaba en el ropero que pronto deberíamos vaciar. Tenía tantos y de épocas
tan distintas que no fue fácil elegir. Estaban los de piel de nutria, la máxima
sofisticación que había podido pagar, que bien caros le costaron y
ahora eran una vergüenza de mal gusto para vestir en épocas de veganismo.
También había otros que iban variando en su calidad. Los más viejos eran de
mejor confección y ostentaban las medidas de la figura delgada que mi madre
había lucido en su juventud. Los más nuevos los había comprado en negocios de
baratijas, con lo que le alcanzaba con su miserable jubilación y algunos pesos
que había juntado trabajando hasta los últimos años de su vida.
Todas esas prendas continúan apretujándose en el placard,
intentando acomodarse en el espacio que les queda entre tanta ropa acumulada
por años. Atuendos actuales junto a los de décadas pasadas, guardados como si
pudiera volver a usarlos algún día. Abrigos de distintos géneros y colores. Peludos,
suaves o de ásperas texturas.
Los revuelvo, me los pruebo, me doy cuenta que mucho de los
cuales me habían quedado enormes, hoy son de mi talle. Que engordé
tanto como ella a mi edad. Recuerdo cuando se ponía una remera ajustada que le
marcaba la panza y a mí me daba vergüenza que no se diera cuenta
que ya debía vestirse de otro modo. Será por eso que yo demoro tanto
en elegir mi vestuario. Odio el rollo que se me formó hace unos años en la
cintura y me delata. Siempre tengo miedo de hacer el ridículo.
Ahora me pruebo un saco grueso y largo hasta los tobillos. Me
muero de calor, ahora siempre tengo calor. Transpiro pero sigo buscando. Me
miro las manos que apoyo en el barral del placard. Se están pareciendo a las de
ella. Mi mamá siempre me lo decía–: La edad se ve en las manos.
Deslizo los sacos entre las perchas. Están llenos de un polvo
cargado de moho que aspiro cada vez que los muevo. Mientras busco un
abrigo para mi madre muerta que tiene frío.
Este cuento es lo más lindo/triste/gracioso que leí en mucho tiempo. Espero las manos de la protagonista sepan que envejecer solo las hace escribir mejor.
ResponderEliminarAmé tu comentario Natasha.
EliminarLei tu relato que no es ficción....es de verdad...y muchas sensaciones y emociones me recuerdan tal cual a la muerte d3 mi madre....el tema del frio....lo pensé tanto...tendría frio....de hecho está escrito en primera persona...y de todos los que pasamos por el trance de perder a una madre.te entiendo...plenamente....
EliminarSoy Beatriz Arcuschin...y el comentario esa arriba
EliminarCuanta realidad y sensibilidad tan bien contada amiga.
ResponderEliminarSoy Faby 😘
EliminarGracias Faby :)
EliminarPauli qué talento para escribir con tristeza y humor a la vez, hermoso relato y homenaje a tu mamá.
ResponderEliminarSoy Andrea
ResponderEliminarGracias Andre!
ResponderEliminarGracias Paula! Soy Mundo. Extraordinario y emocionante relato. Me hiciste vivir los últimos momentos de mi querida, inolvidable y extrañada hermana Hilda como si hubiera estado yo también presente. No me lo pudiste contar personalmente porque el llanto no nos permitió peri en ese momento me dí cuenta que todo el amor por Hilda no se perderá porque estas vos, mi primera sobrina, para seguir queriendo......
ResponderEliminarYa es la segunda vez que lo leo. Es de esos cuentos que se enriquecen con las lecturas. Transmite una tristeza cotidiana, que no te deja en un estado depresivo, pero que se queda con vos por el resto del día. Simplemente hermoso.
ResponderEliminarAmo este texto. De mis favoritos en el mundo
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