COMO SERA EL CIELO

 

COMO SERA EL CIELO

 

Otra vez todos a las corridas.  Mabel en la cocina se mueve de un lado para otro, saca un matambre de la heladera  y se pone a pelar unas papas. Carlos sale al patio cargando una bolsa de carbón y la deja al lado de la parrilla. Facu acaba de llegar del chino y deja los paquetes de comida arriba de la mesada.

Debe ser fin de año. Me doy cuenta por el trajín de la casa, porque Mabel está inquieta y mira cada tanto el reloj, mientras controla como un general las tareas del resto del batallón, y porque, además, hace un calor agobiante que deja la tierra un poco agrietada pero útil para hundir un poco mis pesuñas y ayudarme a afirmar el paso.

Yo acabo de despertarme y voy tambaleante camino a la galería. Por suerte Mabel dejó la lechuga en el plato. Lo hace siempre a esta hora, cuando el sol cubre por completo las baldosas rojas y veo que Batuque se refugia en la única superficie con sombra que hay debajo de la mesa. Hoy Batuque está inquieto, como Mabel.  Se echa un rato pero a los pocos segundos cambia de posición. Tiene las orejas alertas, a la defensiva de los estallidos que cada tanto se escuchan por ahí.

-Son los petardos -le dice Mabel, con voz melosa, cuando ve que Batuque pone sus orejas hacia abajo. Le acaricia el lomo unos segundos, le toma la cabeza con las manos y lo besa en la coronilla. Después sigue con sus rutinas.

Batuque está más refulgente que nunca, el pelo blanco le brilla como un diamante.  Sabe que hoy no puede pisar el jardín y se cuidada de no salirse del límite del solado porque eso arruinaría su melena impoluta. Esta mañana, Mabel lo llevó a la peluquería y lo trajo con una cinta roja en el cuello. Así que a pesar de estar tenso por la situación de los ruidos, me sigue con la mirada y me observa con pedantería. Paso por al lado y mientras él  me olfatea, y acerca el hocico con la intención  de hacerme apurar el paso, pienso que huele a flores asquerosas.

Yo atravesé el jardín a paso corto pero rápido, y ahora me acerco al plato donde está mi comida y un cuenco bajo con agua. Doy la primer mordida y la lechuga cruje en mi boca, por eso no puedo escuchar del todo lo que se habla en la cocina.

Apuesto que es fin de año; no solo por los petardos que explotan de tanto en tanto, sino porque Mabel lleva un peinado prolijo de peluquería, por el apuro que hay con los preparativos, y porque el pasto creció rápido esta semana.  

Batuque ahora quiere entrar a la cocina, a toda costa. Golpea con la pata la puerta de vidrio y hace tanto escándalo que Mabel lo deja pasar. Ni siquiera lo reta, aunque esté mal que quiera hacerlo a estas horas, ensuciando el piso recién trapeado con ese  desodorante de aroma intenso a bouquete. Pero él siempre lo logra, pone cara de pobrecito, y ni bien abren la puerta se escabulle con rapidez. Deja sus huellas grabadas en la superficie. Ante mi incredulidad, me doy cuenta que  Mabel no se enoja. Al contrario,  le causa tanta gracia que le da una reprimenda con dulzura, sin importarle pasar, una vez más, el trapo al piso.

Termino la lechuga y me quedo al lado de la maceta de los malvones rojos. Me gusta pegarme a la piedra color ladrillo y acobijarme debajo de la sombra de sus hojas. El malvón huele suave y liviano, no como el piso de Mabel, al que no puedo acercarme.

Sale Carlos con la manguera. Ya deben ser las seis de la tarde. Carlos sale siempre a la misma hora. No lo gusta que nadie lo moleste cuando riega las plantas, dice que es su terapia. Le gusta apuntar la manguera direccionando el chorro con fuerza y velocidad. Para eso tapa parcialmente con el dedo el agujerito por donde sale el agua hasta lograr el efecto deseado. Después se queda inmóvil disfrutando como el líquido choca con las hojas y las vuelve húmedas. A veces cierra los ojos,  y si se levanta la brisa de la tarde agudiza el olfato para llevarse a su cerebro la mezcla de aire y plantas. Me gusta mirar como lo hace, me siento menos sola cuando Carlos sale al jardín. A veces apoya la manguera en el pasto dejando  correr un hilo de agua que lo moja lo suficiente para que pueda apoyar mi panza y refrescarme.

Ahora lo llama Mabel, le pide que vaya encendiendo el fuego.

Llegué a esta casa porque alguien me puso en una caja indebida, con dos agujeros que hacían de ventanas y unas hojitas verdes. Facu me rescató con sus manos rechonchas y me apoyó en la tierra con un poco de torpeza. Al principio venía a verme todos los veranos y me alcanzaba algo de fruta mientras se pavoneaba delante de sus amigos. Pero después llegó Batuque,  que no le gusta tanto el jardín, que prefiere las camas, los sillones y la alfombra del living; y todos comenzaron a quedarse más tiempo adentro de la casa, como si se hubiesen olvidado del afuera. Quedé solita entre el follaje mientras Facu crecía y se olvidaba de mí.

Se hizo de noche y ya llegaron los invitados. El pasto se puso frío y oscuro, así que me dispongo a descansar pero, de repente,  me doy cuenta que estoy volando por encima de un pote repleto de helado. Me transporta alguien descuidado que me sostiene con mano inquieta, me sube, me baja, me hace planear entre las copas listas para el champán. Pienso que me va a dejar caer dentro de una bocha fría de crema. Muevo las patas con desesperación, como queriendo volar por mí misma. Alguien se ríe, otros hablan con la voz en alto tapando cualquier sonido que intente emitir, las mujeres cuchichean a un costado de la mesa, se halagan la ropa. La mano que me sostiene me hace girar abruptamente y cambia de dirección. Estoy tan asustada que creo que grito muda, sin voz, hasta que  Facu pone un límite al asunto.

-¡Dejen a la tortuga! –grita con enojo, y me agarra con firmeza para llevarme hasta el tronco del pino.

De inmediato anuncian que pronto serán las doce. Hay un poco de barullo, tintineos de cubiertos sobre la vajilla, y empieza el conteo hacia atrás: seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno.

-¡Feliz año nuevo! –se escucha  a coro.

Oigo risas, el choque del vidrio fino de las copas y luego los estallidos de siempre. Veo que Batuque empieza a dar saltitos a los pies de Mabel y se lamenta con un ladrido acongojado porque tiene miedo. Las manos de Mabel lo alzan con ternura. También veo una fila de zapatos alineados. Imagino que deben estar mirando el cielo negro mientras sostienen la copa en la mano. Comienzo a percibir los estallidos uno al lado del otro, cada vez más rápido, más intensos. Son como ametralladoras apuradas, y cada tanto una especie de silbido que arremete fuerte y se va perdiendo.

Alguien alza la vista deslumbrado por los fuegos artificiales y dice fascinado: -¡Mirá esos de color violeta!

Pero yo no puedo verlos. Otros hablan de los que son dorados, otros se asombran por un destello multicolor. Pero yo no puedo verlos, sencillamente no puedo mirar hacia lo alto, aún intentando girar mi pescuezo lo más que pueda.

El ruido es suficiente para mí. Meto rápido mi cabeza en el caparazón y empiezo a escuchar los sonidos como a través de un colchón mullido. Está oscuro adentro y ahora los estampidos son apenas un murmullo. Intento imaginar cómo estará el cielo esta noche. Si será un manto oscuro con Agapantus lilas y Girasoles amarillos bailando, si será como una lluvia de Margaritas blancas  y  Santas Ritas rojas. Todas juntas. Me pregunto:- cómo se será el cielo.

 

 

 

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