MONSTRUOS



Los monstruos podían salir de cualquier lado. Es por eso que ella estaba alerta y  abrazada a mí, con la cara escondida bajo mi cuello. Tensa y expectante,  con  los oídos afinados y la imposibilidad de escuchar nada, solo sus propios latidos alterados  por una taquicardia que no la dejaba respirar.  Los monstruos podían salir de cualquier lado, de las sombras incipientes,  debajo de la butaca, de las cortinas rojas del teatro,  de las paredes empapeladas de ocre.  Ella hubiera preferido quedarse en casa, cobijada por el sonido de la televisión y la luz encendida del living. Pero estaba ahí, arriba mío, rodeada de una perversa penumbra, queriendo meterse en mis entrañas nuevamente, abrazada como una garrapata, clavando sus rodillas en mi cintura y rodeándome con sus manos.
Los monstruos podían salir de cualquier lado pero serían evidentes y cercanos cuando comenzara la función. Es por eso que ella esperaba como un condenado en el murallón de la muerte, con los ojos cerrados, sin poder mirar pero imaginando todo.  Tal vez una sombra gigante se posaría en su cabeza hasta arrancarle el cabello, o el chirrido agudo  de un cascabel entraría por su oreja para quedarse dentro suyo. Tal vez, si mirase sería peor porque todos los monstruos juntos podrían salir del escenario flotando y pasando una y otra vez cerca de su cuerpo  hasta comerlo. Por eso era mejor no  mirar, por eso  me apretaba fuerte evitando que sus ojos  pudieran enfocar alguna imagen.
Los monstruos podían salir de cualquier lado y acechar en los segundos de completa oscuridad, cuando la luz de la sala desapareciese y  el telón abriese con ese sonido a  terciopelo arrastrado.  Podrían salir de  las respiraciones  sordas de los espectadores y  sus toses reprimidas. Podrían estar allí, detrás de la tela pesada y brillante, en esa caja incierta que esconde tras de sí, que cambia de colores, que fabrica seres desconocidos, que hablan, que bailan, se mueven.
Los monstruos podían salir de cualquier lado. Es por eso que la garganta la ahorcaba y lloraba amargamente por arriba de mi hombro, primero con un sollozo imperceptible, después con un llanto histérico.
Salí de la sala  con ella todavía colgada de mí, abrazándola fuerte y  escapando de ese infierno. Recorrí velozmente el pasillo que dejaban las butacas y me fui, atravesando cortinados hasta dar con la luz diáfana de la tarde.
Afuera, una sinfonía de bocinazos  y frenadas de colectivos se filtraba por las puertas de vidrio que separaban la calle del  hall del teatro. Ella despegó suavemente su cara de mi hombro y observó primero con desconfianza, luego con alivio. Ahora las cosas tenían formas determinadas, la puerta era puerta, el piso era piso, el quiosco era quiosco. La vida volvía aparecer tal como había quedado antes de ingresar a la sala. El mundo aparecía nuevamente como ella lo conocía, como ella lo sabía y lo observaba desde sus ojos de dos años. Con las manitos regordetas, aveces en la boca, y sus pasos cortos y tambaleantes buscando más.
Adentro no, todo podía desvanecerse, cambiar de forma, filtrarse por los poros y quedarse adentro de uno. Allí adentro, los monstruos podían salir de cualquier lado.

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