AMOR DE MERCADO


Durante varios años mantuvieron una histeria compartida y silenciada. Fueron cómplices disfrutando el enrarecido encuentro de sus miradas, el hormigueo sorpresivo de sus cuerpos y los silencios contundentes. Jamás se dijeron nada.

Él fue entrando de a poco en ella, imperceptible al comienzo, intenso después. La primera impresión fue su letra perfectamente cuidada, una imprenta de diseño, recta y remarcada que él utilizaba para hacer observaciones a sus trabajos.  Ella adivinó en esa letra puntillosa y prolija un perfeccionismo que constató más tarde. Lo que la hizo vibrar fue la química entre los señalamientos de él y  lo que ella escribía. Finalmente la cautivó su voz, impostada, sagazmente dispuesta a desplegar su erotismo. Un as bajo la manga que él utilizaba a sabiendas que ella no podría resistir.
Un día, mientras ella estaba en el supermercado, él la llamó al celular. Respondía una llamada que ella le había hecho esa mañana. Ella siempre lo llamaba, continuamente y sin reparos. Se escudaba en la excusa perfecta de la relación laboral que mantenían para llamarlo cuando se le diera la gana. Amparada en el desarrollo concreto del trabajo que compartían, poco le importaban las sospechas que él pudiera tener. Poco le preocupaba que él descubriera su primordial objetivo: la urgente necesidad de oír su voz. Esa voz grave y profunda que entraba por su oído y le erizaba todo el cuerpo.
Cuando él la llamó ella estaba repasando las compras, mareada entre paquetes de fideos, gaseosas y carteles con ofertas. Atendió y entró inmediatamente en otra dimensión. Olvidó el tiempo, el lugar, las luces resplandecientes que le incomodaban la vista y se perdió en la cadencia y el ritmo de sus palabras, los silencios, la respiración apenas perceptible y la inminente necesidad de eternizar el momento. Antes de cortar él le sugirió que no olvidara la lata de tomate.
Ella continuó deambulando entre las góndolas, esforzándose por retener la forma en que él había pronunciado la palabra tomate. Anduvo así, ensimismada, viendo desfilar latas de atún, yerba, harina, carnes y quesos.
No pudo bajar de ese estado de ensoñación hasta tocar con cierta picardía una lata de tomate que ubicó con máximo cuidado en un hueco del changuito.


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